Por: Nicole León Avilés
El mar y la resistencia
El mar estaba enfurecido aquella mañana. Las olas golpeaban el casco con fuerza, el viento azotaba las velas, y todo dentro del barco se caía: baldes, cuerdas, utensilios. Muchos estaban mareados, aferrándose al suelo o a los pasamanos, esperando el fin de esos tres días anunciados de mal clima y respirar un poco la tensión acumulada.
Los baños estaban dañados y todas las necesidades se hacían en baldes que luego debíamos arrojar al mar. Algunas veces, nos bañábamos con baldes llenos de agua salada pero muchas otras no, el movimiento del barco, el cansancio o la necesidad de concentrarnos en tareas más apremiantes, lo impedían. Ese detalle físico —el sudor, el olor, la imposibilidad de higiene básica— hacía tangible que la resistencia no es solo política: es corporal, sensorial, un desafío constante a soportar y seguir navegando pese a todo, sabiendo que nuestra incomodidad no se compara en nada con la que viven en Gaza diariamente.
Colonialidad, privilegio y jerarquías
Mientras revisaba la maniobra, el rumbo y los cabos, sentía las miradas sobre mí. Yo era segunda capitana, y no solo se cuestionaba mi autoridad por ser mujer en un mundo náutico machista, sino también por ser del Sur Global. El resto de voluntarios de la tripulación en esta misión, aprendieron a navegar por placer; yo lo hice por necesidad, trabajando para sobrevivir. El cuestionamiento constante sobre mis decisiones y mi descanso —“ah, está durmiendo, si ni siquiera ha hecho nada, probablemente no sabe qué hacer”— me hizo palpar cómo unas personas nacen instaladas y otras tenemos que trabajar el triple para llegar donde ellos ya nacieron ubicados. Esa es la colonialidad en lo cotidiano, la violencia estructural que atraviesa incluso los espacios de resistencia.
Navegar en esta misión me enseñó que la colectividad no es un ideal romántico. Hay tensiones, desigualdades y privilegios que atraviesan incluso los espacios de lucha. Algunos llegan desde la comodidad; otros desde la necesidad de sobrevivir. Cada comentario, cada mirada, puede reproducir la colonialidad:
“Puedes pasar por española, no eres tan morena para ser ecuatoriana.”
El racismo no es solo color de piel: es estructura, historia, frontera. Es cargar con el acento, con el pasaporte, con la sospecha. Es sobrevivir en un mundo que distribuye dignidad como propiedad privada.
Lengua, clase y poder
El castellano, un idioma que nos fue impuesto en Abya Yala en la colonización y que ahora también hablamos para resistir, fue un campo de batalla silencioso. Hablar castellano en un espacio donde muchos esperan inglés inmediato no es un acto de descortesía: es resistencia y descolonización. Aprender inglés es un lujo de clase; no todas tenemos acceso a la educación bilingüe que convierte la palabra en privilegio. Cuando hablo, lo hago primero para quienes compartimos historia, territorio y lucha. Quien no entienda, que espere. Descolonizar la palabra también es descolonizar la estructura de poder que decide quién puede hablar y quién debe callar.
Prisiones, cuerpos y jerarquías de clase
Cuando las fuerzas de ocupación israelí nos secuestraron en el mar y nos llevaron al puerto de Ashdod, el tiempo dejó de existir. Allí nos mantuvieron retenidos antes de transvasarnos a buses penitenciarios, donde comenzó otro viaje de control y deshumanización. Tras veinticuatro horas navegando y casi ocho horas dentro de aquel vehículo con los ojos vendados y los brazos inmovilizados todo lo que quedaba era la respiración y ese golpe seco de la incertidumbre.
Logré aflojar un poco la venda y pude ver el desierto, preguntándome a dónde nos llevaban, qué lógica de poder decidía que nuestros cuerpos debían ser trasladados como mercancía humana.
Finalmente llegamos a Ktzi’ot, la prisión israelí ubicada en pleno desierto del Negev. Nos metieron en celdas hechas para cinco personas, pero éramos quince por celda, sin colchones, sin comida, sin agua. El olor era lo primero que golpeaba: sudor acumulado, humedad, miedo, encierro. Los presos palestinos que habían sido desalojados recientemente habían dejado sus palabras en las paredes, sus mantas dobladas, sus pertenencias. Era entrar en la vida interrumpida de quienes vivían esa prisión desde años atrás.
Las pulseras hechas con cortezas de pan eran lo más desgarrador: pequeños círculos tejidos con paciencia para regalarlas algún día a sus seres queridos. Ese “algún día” era un hilo frágil que podía romperse en cualquier momento. Muchos llevaban dos años o más encarcelados sin sentencia. Para los pocos que lograron salir, la devastadora realidad los esperaba: toda su familia había sido asesinada por el sionismo. Ya no había manos a quienes entregar la pulsera.
Los guardias entraban con ametralladoras, apuntándonos a la cabeza, jugando con la tortura psicológica y del sueño. Yo sabía que, por más miedo que sintiera, tenía un privilegio: yo iba a salir de ahí. Los palestinos que habían estado allí antes, no. Ellos no saben si algún día volverán a ver el sol sin rejas, si afuera queda alguien vivo esperándolos, si no les borrarán la existencia entera antes de que crucen una puerta.
Ese encierro me reveló una verdad visceral: ni las violencias que vivimos nosotros se comparan con la violencia estructural y genocida que vive el pueblo palestino. Incluso dentro de la cárcel, la desigualdad se manifestaba: las personas musulmanas y racializadas eran tratadas con más brutalidad. La colonialidad no descansaba ni en las paredes de una mazmorra.
La flotilla y la solidaridad internacional
Mientras navegábamos, los drones sobrevolaban el cielo. Ya no buscábamos estrellas fugaces para pedir deseos; aprendimos a esquivar luces que podrían significar ataque, explosivos, violencia directa. La expectativa de lo que podía pasar nos mantenía tensos: la ocupación y la represión son reales, y están en cada sonido, en cada mirada, en cada decisión.
La flotilla nos enseñó que la solidaridad internacional es potente, pero también exige conciencia y autocrítica. La lucha palestina no está separada de la lucha de nuestros pueblos del Sur Global: todas enfrentamos un sistema que nos quiere divididas, silenciosas y compitiendo. La experiencia me obligó a reflexionar sobre cómo reproducimos patrones de jerarquía incluso en movimientos de resistencia. La verdadera solidaridad exige mirarnos a nosotras mismas, reconocer privilegios, cuestionar nuestra autoridad y cómo la ejercemos, y aprender a construir colectividad sin reproducir las jerarquías del mundo que queremos transformar.
Colectividad, alegría y música de resistencia
Había un día en especial que recuerdo con profundo amor: estábamos en cubierta, las olas todavía golpeaban, algunos mareados, pero nos juntamos. Tocábamos la guitarra, cantábamos y nos reíamos. La música siempre une pueblos y se convierte en una herramienta poderosa de manifestación. Cantábamos “El pueblo unido jamás será vencido”, una canción chilena cuya música fue compuesta por Sergio Ortega Alvarado y el texto escrito en conjunto con la banda Quilapayún. Canto conocido en el mundo entero, es una de las más famosas canciones de protesta de la historia, y junto con el tema “Venceremos”, ha acompañado luchas de resistencia en diversos contextos. Entre acordes y risas, nos llenamos de fuerza.
Me quedo con amigas y amigos que son un motor para seguir; me siento afortunada de haber conocido a esta gente. Sus risas, apoyo y compromiso son recordatorios de que la resistencia no es solo soportar el mal tiempo, la precariedad o la opresión: también se construye desde la colectividad, la ternura y la solidaridad. El sistema nos quiere amargadas, permisivas; la alegría, en este contexto, es una posición política que incomoda.
Capitalismo y opresión
No podemos olvidar: el principal motor de la opresión, la colonización y el apartheid en Palestina es el capitalismo global. Israel solo puede sostener su régimen de ocupación porque gobiernos, corporaciones e instituciones internacionales colaboran con él, asegurando ganancias económicas y geopolíticas. La opresión palestina es un reflejo directo de cómo el capitalismo organiza la violencia, la desigualdad y la impunidad en el mundo.
Mientras navegábamos, llegaban noticias de Gaza: masacres, ataques, muerte. Netanyahu dio un discurso en la ONU y obligó a reproducirlo en parlantes dentro de Gaza, arrebatando a los gazatíes lo poco que les quedaba de esperanza. Ya estábamos tarde. Despertamos tarde. Navegábamos tarde. Solo deseábamos llegar y sembrar conciencia de cambio. La rabia me recorría: ¿cómo es posible que el mundo entero no se pare, mientras presenciamos un genocidio en vivo y en directo?
Acción concreta: BDS y solidaridad efectiva
La solidaridad mundial con Palestina es potente y se está consolidando en un movimiento creciente de población civil organizada. Debemos seguir apoyando, asistiendo y participando activamente. Entre todas las formas de lucha, la que está generando un cambio profundo y sostenido es el BDS: Boicot, Desinversión y Sanciones.
El BDS es un movimiento de liderazgo palestino por la libertad, la justicia y la igualdad. Sostiene un principio elemental: las y los palestinos tienen los mismos derechos que el resto de la humanidad. Israel ocupa y coloniza el territorio palestino, discrimina a ciudadanos palestinos dentro de su propio país y niega el derecho de retorno a los refugiados palestinos. Inspirado en el movimiento anti-apartheid sudafricano, el BDS llama a actuar para presionar a Israel a respetar el derecho internacional.
Hoy, el BDS cuenta con el apoyo de sindicatos, asociaciones académicas, iglesias y movimientos de base en todo el mundo. Veinte años después de su lanzamiento, ha logrado cuestionar el apoyo internacional al apartheid y al colonialismo israelíes, demostrando que la acción ciudadana global puede marcar la diferencia.
Desde 1948, Israel le ha negado al pueblo palestino sus derechos fundamentales y se ha rehusado a cumplir con el derecho internacional. Mantiene un régimen de ocupación, colonialismo y apartheid que solo es posible gracias al respaldo de gobiernos, corporaciones e instituciones globales. Cuando quienes ostentan el poder se niegan a actuar para detener esta injusticia, se hace necesaria la respuesta ciudadana mundial en solidaridad con la lucha palestina por libertad, justicia e igualdad. La lucha de Palestina es, por tanto, la lucha de todos los pueblos que resistimos a la colonización. Participar, difundir y respaldar iniciativas como el BDS es una manera concreta de unir nuestras fuerzas y combatir las estructuras de opresión que buscan dividirnos.
Reflexión final
Ese día en el mar me dejó claro que navegar es resistir, pero también es cuestionarnos a nosotros mismos. Que habitar los espacios de lucha exige no solo compromiso con los demás, sino también conciencia de clase, autocrítica y acción concreta. La verdadera solidaridad se construye así: con cuidado, con reflexión, con organización y con valentía.
Hasta la victoria siempre, navegando entre olas, drones, silencios, música y acción global, conscientes de que nuestra resistencia es también una escuela de conciencia, autocrítica y solidaridad efectiva











Eres muy grande preciosa!!!