Los últimos dos meses la actual etapa del sistemático genocidio en contra del pueblo palestino, iniciado el 7 de octubre pasado, han significado uno de los períodos más oscuros y repudiables en más un siglo de limpieza étnica de los territorios palestinos por parte del proyecto colonial sionista.
La invasión de la ciudad de Rafah ha significado la ofensiva en contra del último territorio “seguro” que quedaba en la Franja de Gaza. En efecto, desde hace 8 meses que el ejército nazi-sionista (israelí) inició un proceso de desplazamiento forzado de la población gazatí hacia esa zona del sur de la franja, donde se concentran actualmente cerca de 1.5 millones de personas.
El ataque a Rafah constituye un claro crimen de lesa humanidad, acto genocida y de limpieza étnica en contra la población civil de Palestina en las últimas décadas. A la entidad nazi-sionista (Israel) no le importó la resolución de la Corte Internacional de Justicia acusándolo de actos genocidas y exigiendo un cese al fuego inmediato. Ni al primer ministro Mileikowsky (más conocido en el crimen organizado con el alias de Netanyahu), ni a su ministro de defensa, les importó que el fiscal de la Corte Penal Internacional demandara una orden de arresto internacional en su contra por su responsabilidad en este genocidio. Al ejército israelí no le importó haber sido incluido en la lista negra de la ONU de organizaciones terroristas asesinas de niños.

Bajo las bombas sionistas, que hasta el día de hoy equivalen a cuatro veces la potencia de la bomba nuclear lanzada sobre Nagasaki en 1945, no sólo han muerto ya más de 40.000 palestinas y palestinos (seguramente muchos más yacen bajo los escombros), sino que muere el falso espejismo del derecho internacional.
Sería imposible entender cómo hemos llegado hasta este punto sin ponerlo en su contexto geopolítico e histórico. La principal determinante de lo que acontece en los territorios palestinos tiene que ver con la pérdida de poder hegemónico que están viviendo los Estados Unidos. En primer lugar, perdieron su hegemonía productiva a nivel global, fruto de la deslocalización de su producción hacia territorios periféricos, donde era más fácil explotar a la fuerza de trabajo (principalmente China y Asia oriental). Luego, con la desregularización y globalización de las finanzas, los EEUU perdieron también su capacidad de controlar la esfera financiera, abandonada definitivamente al juego descontrolado de la especulación sin patria. Finalmente, con la surgimiento de los BRICS, el dólar norteamericano está perdiendo su control del comercio mundial.
A EEUU no le queda más que su poderío militar para defender una hegemonía en decadencia frente al emergente mundo multipolar. Cual bestia herida, es en el momento en la que se ve amenazada de muerte que se vuelve más peligrosa. Es así como se han abierto tres frentes bélicos de gran escala en donde se jugará la paz mundial en la próxima década: la guerra entre Rusia y la OTAN, el genocidio en contra del pueblo palestino por parte de la entidad nazi – sionista, que busca expandirlo hasta enfrentarse con Irán, y el territorio taiwanés como principal espacio de provocación hacia China.
Esta última fase de la limpieza étnica en los territorios palestinos representa una disputa fundamental en la que está en juego la forma en que estos tres frentes bélicos van a resolverse. En efecto, la falsa ilusión de un “derecho internacional” y la poca legitimidad que les queda a las instituciones internacionales que supuestamente deberían ser la llamada a hacerlo respetar, han caído abriendo un escenario muy peligroso.
El orden internacional ligado a la ONU emergió luego de la segunda guerra mundial como mecanismo para la creación de equilibrios en la guerra fría que enfrentaba a los EEUU y sus aliados de la OTAN con la URSS y el campo socialista. Luego de la caída del muro de Berlín, ese orden internacional cayó totalmente en manos del campo imperialista occidental y su estructura se ha vuelto totalmente incapaz de construir equilibrios negociados en el marco del nuevo mundo multipolar emergente.
Esto implica que no será sino hasta que se dé una resolución militar de los conflictos bélicos antes mencionados, que emergerá una nueva estructura internacional capaz de mediar equilibrios y encontrar mediaciones políticas como alternativas a la guerra.
La incapacidad del orden internacional para frenar el genocidio palestino es la muestra del peligro que implica la transición geopolítica que estamos viviendo hacia un mundo multipolar en el cual EEUU está dispuesto a llegar hasta las últimas consecuencias para defender su hegemonía, inclusive poniendo sobre la mesa un conflicto nuclear potencialmente devastador para la vida a escala mundial.
Así, es tarea fundamental de los movimientos sociales y políticos populares construir una articulación global que pueda enfrentar el horizonte de muerte que nos imponen los EEUU y sus aliados de la OTAN, desde la exigencia de una desmilitarización de las grandes potencias y la defensa de la vida como plataforma unitaria. El primer paso es el de exigir un bloqueo militar y económico en contra de la entidad nazi – sionista, como única forma de poner un fin al genocidio en curso y volver a reivindicar el valor de la vida.